Dejo retales de recuerdos por tus senderos,
trozos de papel donde vertí mis lágrimas.
Si me preguntas, lo habré olvidado.
Si me preguntan, aún te espero.
Si me has visto, diré, probablemente,
que me he perdido.
Si me han visto, dirán que andaba a desgana.

Al final, visto lo visto,
probablemente,
te buscaba.

Anuncios

XIX

Y aquel día firmó su sentencia de muerte. Desde entonces, vistió el cielo el gris como hábito y a ella las palabras le hicieron de sepultura. No fue sino una muerte en vida, un desgarro en el pecho, lo que sintió el día que buscó unos brazos asiduos a los suyos y no encontró sino vacío. No la marchitó el orgullo, fue el miedo. Miedo a no ser recibida, miedo a la indiferencia, al olvido.
Con las palabras frescas aún resonando en su cabeza, aún ardiendo en su boca, se cubrió con su manto de melancolía. Y esperó. Esperó, esperó y esperó hasta que, como cada noche, se rindió al sueño y a la tristeza.

Pero el calor de dos cuerpos intrépidos no está hecho a la tristeza ni al olvido. Donde fuego arde, cenizas quedan -dicen-. El calor aún te abraza -y abrasa- si lo recuerdas.

Polvo.

Dicen que polvo somos
y en polvo nos convertiremos.
Y yo les digo que no,
que no saben nada.
Y es que prefiero ser agua.
Prefiero ser agua, tierra y vida.
Yo seré carne, hueso y espina.
Veneno y antídoto,
seré la noche y el día.
Seré del viento y de las nubes,
seré mía y solo mía.
Seré tristeza y a ratos alegría.
Un poema o una canción.
Seré algo, seré alguien.
Seré yo.
Hasta que deje de ser.
Pero jamás seré polvo,
porque el polvo se olvida,
y se pierde como si nada.

Seré yo,
y no seré
olvidada.

73.

Se pasean tranquilos
tus dedos por mi espalda
Como aquel viajero
que se conoce todos los caminos.
Vacilantes y despreocupados
vagan por mi cuerpo
sin más quehacer
que el de complacer
a quien se complace
solo con alzar la vista
y ver que tus ojos
siguen puestos en los míos.

1315

Yo que te echo de menos,
tú que me echas de más.

Y nosotros.
Nosotros que luchamos
de la mano
en guerras sin bandos
ni vencedores.

Que andamos de puntillas
para no hacer ruido
a la hora de buscarnos
cuando queremos ser encontrados.

Que nos vemos sin mirarnos
y nos odiamos sin odiarnos
sólo por llevarnos la contraria.

Y nosotros que no supimos
cómo quedarnos.
Y yo que no sé si irme.
Y tú que no sabes si vas volver.